El intercambio libre de semillas ha sido la base del mantenimiento de la biodiversidad y la autonomía alimentaria de los pueblos.

Es además una práctica de cooperación, que genera lazos, y abre senderos hacia una mejor alimentación, salud y calidad de vida.

El intercambio implica compartir ideas, experiencias, saberes y costumbres heredadas en el uso de las plantas y semillas como alimento.

A su vez permite un desarrollo participativo para garantizar el derecho y el acceso a la Soberanía Alimentaria.

La semilla está ligada a nuestra identidad, a nuestra cultura y nuestra historia, a las prácticas y al manejo que durante muchísimos años han hecho agricultoras y agricultores y nuestros pueblos seleccionando, almacenando, intercambiando y sembrando sus semillas, para mejorarlas y adaptarlas a los más diversos ambientes y requerimientos productivos y socioculturales.

Son el fruto de la naturaleza, herencia y patrimonio de todos los pueblos.

Cultivar nuestras semillas favorece nuestros modos de producir y alimentarnos, logrando mayor autonomía. A la vez nos ayuda a preservar nuestra biodiversidad como base para una agricultura segura, saludable y variada.

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